Resonancia: documentales necesarios para hacer patria

Yo, siendo honesto, no soy mucho de ver cine. O al menos cine común, de ése en el que se gastan miles de millones de dólares con tal de hacer algo “guácala, qué rico”, por decirlo de alguna forma. Sí, siendo honesto (de nuevo), soy mucho más de ver documentales, o series documentales. He visto pocos, pero prefiero verlos por sobre muchas películas. Que el cine de culto me perdone, por favor.

En diciembre del 2017 llegó hasta mis ojos la serie documental Resonanciaa la cual, para volver a ser honesto, no le presté tanta atención. En esos días yo me encontraba bacilando y sufriendo en El Salvador, dado que mi aventura musical ya había comenzado en Argentina hacía casi un año.

De nuevo en Argentina, en vacaciones de invierno de este año para ser más exacto, tenía demasiado tiempo libre y poco dinero. Muy poco. Y por obvias razones no podía darme ciertos lujos que uno se da en San Salvador. La cosa es que me acordé de la serie, que un gran amigo me dijo que la viera, y lo hice. La vi dos veces en una semana.

La serie no es tan larga, no se crean, pero la verdad es que tiene un gran valor historiográfico en cuanto al hecho de documentar y contextualizar las propuestas musicales de un El Salvador en donde hay muy poca escena para la producción original, y donde la muchas bandas hace cóvers a diestra y siniestra.

Contexto de la serie: En una entrevista de Revista Factum a Francisco “Pipilis” Flores, tecladista de la banda Adhesivo y codirector de la serie, explica cómo se dio a la tarea de buscar, junto con el colectivo Audiovisual Trípode, propuestas de bandas musicales en activo que representaran a ciertos sectores y escenarios de la sociedad salvadoreña, como la migración, los metaleros, ex-guerrilleros, etc.

Dentro de todo, la dinámica parece ser sencilla: el Pipilis se pone a charlar con el grupo en cuestión y dentro de una plática normal, surgen las historias que le dan valor a dicha puesta artística. El tono carismático, alegre y “salvadoreño” que le da Francisco Flores a cada episodio me pareció que imprime un sello auténtico, por el vocabulario, las expresiones y las construcciones culturales similares que tenemos todos los salvadoreños.

Dentro de las 8 propuestas de bandas, hay 3 episodios que llamaron poderosamente mi atención: Los Torogoces de Morazán, Pescozada y Las Musas Desconectadas. Entre las tres representan una parte de la línea de tiempo del desarrollo social de El Salvador (alerta semi spoiler: de hecho, toda la serie depende de una línea de tiempo más o menos definida de los estadios que ha pasado la sociedad salvadoreña desde los años previos a la guerra hasta nuestros días), en donde se pasó de la guerra a la eterna inmigración salvadoreña,  y de la inmigración a la posguerra y sus problemáticas.

¿Por qué más llamaron mi atención estos capítulos en especial? Simple: hay enseñanzas, frases y canciones que de verdad me llevaron a comprender muchas situaciones en la cotidianidad de El Salvador. El Dj de Pescozada, Omnion, un bróder que migró a los yunais cuando tenía 12 años comprendió  que el ciclo migratorio “se completa cuando la persona regresa a El Salvador a enseñar lo aprendido afuera”. El tema de Araña “Vive Aborigen” me mostró esa cara contestataria del metal que es tan necesaria siempre. La visión de una extranjera viviendo en El Salvador es muy enriquecedora en cuanto a perspectivas europeas para entender al paísito. Sabina Duss, bajista de Las Musas Desconectadas lo cuenta de una forma un tanto escabrosa, pero con un acento hermoso.  Además de las valiosas reflexiones sobre la guerra, el actual gobierno de izquierda y la maldita masacre de El Mozote que hace Sebastián Torogoz, líder de Los Torogoces de Morazán. En fin, hay tantas cosas más que aprendí, pero éstas son las más significativas para mí.

Esta serie documental tiene muchas cosas más que recalcar: las reflexiones de cada uno de los integrantes de las bandas en cuanta a la realidad social que a cada uno le toca enfrentar en contextos económicos parecidos y cómo la perseverancia ha sido clave para poder consolidarse de a poco en la muy pobre industria musical o ser los abanderados de las causas que defienden.

A título personal, me encantaría ver una segunda temporada, además de que incluyeran otras bandas que ya no están en activo, o que son baluartes de la música salvadoreña como Adrenalina o Los Vikings. Para mí, para lo que significó en su momento acercarme  a esta serie, es una de las mejores producciones salvadoreñas sobre música que he visto, por no decir que la mejor. Si yo fuera profesor de Sociales, seguro la usara como material didáctico.

Resonancia puede tener algunos defectos, sin embargo, algo que cautiva es su cercanía con el lenguaje coloquial y la naturalidad con la que se filman algunos momentos. Las ganas de reír, de llorar y de sentirse un tanto miserable nunca faltan, (a mí, por lo menos, no me faltaron) y ese tipo de series son las que El Salvador necesita para hacer patria, que es estar cerca de la gente y ayudarla, como bien lo hacía San Romero. También hacer patria es preservar la memoria histórica; hacer patria también es hacer resonancia de ella.

 

 

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