Como esperando a Silvio: crónica en tiempo real de su concierto gratuito en Argentina

Como esperando a Silvio: crónica en tiempo real de su concierto gratuito en Argentina

Cuando Silvio Rodríguez se presentó en El Salvador hace 10 años, el 29 de febrero de 2008, me preguntaba: ¿qué se sentirá verlo en vivo? Ese tipo pelón del que todos se saben algunas canciones y que relacionan normalmente con la revolución, el izquierdismo y otras cosas. Siempre quise verlo en vivo y saber qué se siente. Y sí, al final, después de 10 años de ver su promocional del concierto en Sívar, pude verlo en vivo, y gratis. Ésta será una de las cosas que siempre le voy a agradecer a Argentina, además de las facturas (pan dulce) y el queso. Acá adjunto les dejo una crónica en tiempo (cuasi) real de los hechos ocurridos.

La Plata, Buenos Aires, Argentina. 28 de octubre de 2018

8:05 A.M.: Bueno, el bacil es que mi día comenzó a esa hora, cuando normalmente me despierto. Bastante temprano. Me puse a tocar piano para matar un par de horas. A las 11:00 am tenía que estar alistándome para salir justo a las 12:00 y encontrarme con dos buenos amigos en su casa.

11:50 AM: Por primera vez en mi vida salía con tiempo de sobra a algún lugar. Tenía el teléfono cargado, llevaba suficiente dinero para cubrir cualquier eventualidad. Todo bien hasta este punto. Pensé que nada podría salir mal.

12:05 PM: Llegué a la casa de mis amigos Agustín y Joaquín. Ambos saben cómo ahorrar dinero en este tipo de viajes. Decidimos, pues, ir a comprar pan, jamón (fiambre en Argentina) y queso. Llegamos de regreso a la jaus y comenzamos a preparar la comida rápida por excelencia de los estudiantes pobretones: pan con jamón y queso.

12:30 PM: Como ya es costumbre, y como ya he contado en mi entrada sobre La Delio Valdez, ir a ver grandes conciertos se me hace toda una odisea, una gran valida de verga: el tren que tomo desde La Plata hasta Avellaneda (al sur de Capital Federal) no andaba. Estaba en paro. Malditos bastardos. Bueno, era hora de idear un plan B, pensé. Esta chance de ver a Silvio no se me podía escapar.

1:07 PM: No vimos nada claro en la estación de trenes. Estaba desértica. Decidimos irnos a la estación de buses. El problema era que es mucho más caro pagar bus a pagar tren (para que se hagan una idea: en tren pagás $0.40 por una distancia de 50 kilómetros, mientras que en bus pagás casi $1.50 por la misma distancia). Éramos cuatro tipos en la expedición. Uno rajó cuando decidimos irnos en colectivo.

1:20 PM: Ya en la estación de buses. Mis amigos comenzaron a dudar si ir a ver al magnánime Silvio Rodríguez porque no habían hecho sus tareas. Mal ahí. Les dije que sino tenía que ir yo solo, que representaba a toda una nación y los sueños de muchos jóvenes salvadoreños revolucionarios que siempre quisieron ver al faro cubano en la política izquierdista anti-imperialista. Bueno, no tan así. Sólo les dije que no había drama, que yo iba solo si no iban. Al final decidieron acompañarme.

1:45 PM: ¡Estaba ya encaramado en el bus! Ya ahora todo era optimismo en mí, y sabía que nada iba a salir mal. Nos preocupaba el hecho de regresarnos a La Plata. Pero de ahí que todo transcurrió con relativa normalidad. Con Joaquín charlamos un rato sobre política partidaria de la UNLP y algunas otras cosas de la vida.

3:24 PM: Estación Constitución, Ciudad Autónoma de Buenos Aires. A pocas cuadras de esa estación es donde se le vio por última vez a Rodolfo Walsh con vida. Capturado y desaparecido el 25 de marzo de 1977 durante la dictadura cívico-militar argentina. Preguntamos a un par de personas cómo podíamos llegar a Avellaneda, la tierra prometida y nos lo indicaron. Íbamos con buen tiempo de sobra todavía. A las 6:00 PM comenzaba el recital.

3:45 PM: Centro de Avellaneda, Buenos Aires. ¡Al fin habíamos llegado, la concha de la lora! La municipalidad celebraba la Semana Cubana, que es una semana en la que se demuestra solidaridad con el pueblo cubano ante el bloqueo de E.E.U.U., exponiendo a artistas y pintores en Avellaneda, y ahora estábamos justo frente a la entrada. Nos bajamos del bus y caminamos media cuadra para depositar los alimentos no perecederos que pedían como entrada. Habían cortado una arteria principal del centro y el escenario estaba casi a 100 metros de la entrada, o quizá un poco más. Mucho más. Nos relajamos un poco bajo el sol radiante que hacía. Aprovechamos para comer los panes que habíamos llevado y encontramos un mural hermoso que le habían hecho a Silvio. En la calle y en la plaza parecía que había más pic-nic en el campo: sillas, mantas, toallas y sombrillas. Gente sin camisa y tirada en el asfalto. Logramos encontrar un buen sitio frente al escenario. Casi a 30 metros de Silvio. Todavía no me lo podía creer.

4:10 PM: A partir de este momento comenzaron a presentarse los artistas mal llamados teloneros: Emanuel del Río, Patricia Manca, Bruno Arias y Cecilia Todd. Por aquí me limitaré a decir que desde que comenzó el espectáculo hasta que terminaron de cantar Cecilia Todd aprendí un par de lecciones de vida importantes y quiero detenerme en dos hechos puntuales: a las personas les cuesta entender en qué momento terminan los derechos individuales y comienzan los derechos colectivos, sean éstos grandes o pequeños. ¿Por qué? Un tipo ondeaba una bandera que no dejaba ver a las señoras que estaban detrás de él. Las señoras le dijeron mil veces que no podían ver la tarima, que la bajara. El tipo nunca cedió hasta que casi que se le abalanzan. Todo por dar a conocer su afiliación política. Lo otro es que hay una delgada línea entre estar paciente y estar desesperado. A Cecilia Toddo nadie la escuchó. Al menos en mi sector nadie le dio bola. Y la desesperación y la ansiedad pueden sacar lo peor de las personas (Por cierto, Cecilia Todd, venezolana, es una referente de la canción popular latinoamericana. Yo no lo sabía. Cuando lo supe me dio vergüenza el hecho de que yo no conocía su obra ni su trayectoria, que es casi tan importante como la de Alí Primera).

7:00 PM: Después de estar parado casi 4 horas, bajo el sol casi veraniego del cono sur, al fin iba a ver al enorme Silvio Rodríguez, ése a quien yo he tenido en un altar durante años, y que ha sido mi maestro en cuanto a guitarra se refiere. En serio que no lo podía creer. Yo le decía a Joaquín que capaz me daba un paro cardíaco. Y de hecho me agarró taquicardia involuntaria. Y de repente ahí estaba él: usaba una boina y un abrigo azul. Es pequeño, quizá mide 1.70 metros. Barbudo y con lentes. Yo estaba frente a un dios de la canción en lengua castellana. No lo podía creer. Dijo algunas palabras y una lluvia de aplausos cayo del cielo. Se sentó y presentó su primer tema: Yo te quiero libre. Aunque ya no sentía las piernas, sentía que tenía que elevarme entre la multitud para poder verlo mejor, sacarle algún par de fotos y luego disfrutar todo el concierto. Mi teléfono murió luego de un par de vídeos que tomé.

Luego me dediqué a escuchar sus canciones. Eran hermosas, mucho más hermosas que cualquier grabación de cualquier concierto. En realidad, en medio del bullicio sentí una paz interior que muy pocas veces se puede sentir. La flauta de su esposa, Niurka González es una caricia de plumas a los oídos, acompañada por el virtuoso pianista de la banda y de dos guitarristas que le hacían el amor al instrumento con los mismísimos dedos. Silvio se veía pletórico y la percusión le daba el aire cubano que tenía José Martí: el de un libertador por medio de la palabra. O del hombre que llega a la revolución por medio de la poesía, como diría ya saben quién. Terminó la primera canción y dio unas pequeñas palabras. No recuerdo qué dijo exactamente, pero era algo que tenía que ver con la siguiente canción.

Así pasaron las rolas: Tu soledad me abriga la garganta, Judith (el nombre de mi bendita madre), De la ausencia y de ti, La gaviota, Jugábamos a Dios. Luego de ésta, tocó Quien fuera. Un orgasmo total colectivo. En serio que nunca había visto a tantas personas cantando una canción con tanta pasión y emoción. Es algo que caracteriza mucho al público argentino.

Después siguió con Eva(el primer nombre de mi madre). En esta canción sucedió algo muy pero que muy emotivo: al ser una canción sobre la emancipación de la mujer en términos históricos, se alzó la marea verde. Sí. Se alzó y toda mujer militante, no militante, abuela de la plaza, feminista, anarquista, ama de casa y cualquier otra categorización levantó su pañuelo verde en señal de unión, de sororidad, como diciendo que poco le queda al patriarcado, que el sistema neoliberalista se va a caer, pero de verdad se va a caer. Fue hermoso.

Siguieron América, Tonada del albedrío, De pronto la Tatagua y el concierto se ponía cada vez más intenso. Algunas mujeres bailaban al compás de algunos temas bailables, mientras que otros seguíamos perplejos, sin creer que de verdad estuviéramos viendo al señor Rodríguez en vivo y en directo, y encima gratis. A este punto de verdad que se me habían acalambrado las piernas. Ya no las sentía. Y eso que sólo llevaba unas cuantas horas parado. No quiero imaginarme el dolor que deben sentir los niños que van el las caravanas migrantes, o de sus padres…

Luego La maza inundó mis oídos por un par de minutos. ¡Qué tema más hermoso! A este punto hizo una pausa (o no sé si fue antes; no recuerdo), para presentar a Jorge Boccanera, un poeta argentino que hizo una intervención poética. Más perfecta no podía ir la noche, ¡carajo! Boccanera leyó cuatro poemas y se reanudaron las acciones. A este punto yo ya no tenía ni noción del tiempo, ni ganas de ir al baño, ni hambre, ni dolor: sólo éramos Silvio y casi 100 mil personas, según datos de los organizadores. Un diálogo íntimo con una multitud.

Óleo de mujer con sombrero apareció repentinamente y en esos momentos la taquicardia volvió hacia mí. Es una rola muy difícil de interpretar, pero que he logrado dominarla con el paso de los años. Y fue más emotiva aún porque es de las pocas canciones de Silvio que le gustan mucho a mi querido padre. Y no lo culpo en realidad.

A estas alturas algo me hacía pensar que el concierto estaba por terminar, pero aún así siguió tocando. La noche ya estaba bastante madura y el frío se dejaba sentir. Tocó luego El necio, Pequeña serenata diurna (la que grité con toda el alma), Rabo de nube y Viene la cosa. Luego comenzó a sonar una introducción arpegiada, en modo mayor, por una guitarra en registro medio. Todo iba bien: yo trataba de descifrar la canción, cuando súbitamente escucho un “ojalá que las hojas no te toquen el cuerpo cuando caaigaaaaan…”. Casi lloro. Hay momentos en la vida en los que uno se apropia de ciertas canciones, ya sea por razones sentimentales o razones de memoria, y en mi caso esta canción significó el primer paso en mis ganas de querer ser músico. Cuando la escuché por primera vez pensé que nunca la iba a poder tocar, y menos escucharla en vivo, pero hay cosas que te hacen inmensamente feliz, aunque sea un instante.

Pensábamos que el concierto había llegado a su fin. Yo quería que siguiera. Terminó Ojalá y me sentí feliz. Una leve esperanza conservaba aún de escuchar alguna otra canción de Silvio, concretamente Te doy una canción. Pero no. Las luces se apagaron y le dije a mis amigos que saliéramos. La horda de personas comenzó a cantar “una más, y no jodemos más”, hasta que, de repente, las luces volvieron a prenderse y salió de nuevo. Era como el retorno de un mesías.

Luego tocó un par de canciones más, de las cuales no he podido conseguir el nombre aún. Estaba entre que se iba y se quedaba, pero volvió a quedarse de nuevo: esta vez tocó otro de sus clasicasos en medio de un contexto bastante horroroso en América Latina. A estas alturas del partido ya sabíamos que Jaír Bolsonaro había ganado la presidencia en Brasil, y la respuesta poética de Silvio ante ésto fue nada más y nada menos que La era está pariendo un corazón. Un verdadero llamado a mandar al carajo a todos los fascistas que quieren joder a Latinoamérica más de lo que ya está jodida. La gente se volvió loca, de nuevo.

Cada vez más me alejaba de Silvio. El encuentro había sido mucho más de lo que yo hubiese esperado. Yo, dentro de la locura musical que me había poseído, en algún punto del concierto le grité a viva voz “cómo gasto papeles recordándote, Silvio”, a lo que la gran mayoría de personas a mi alrededor se cagó de risa. Lo hermoso de todo esto es que Silvio me escuchó.

Luego, ya como esperando a que pusiera punto final al concierto, cantó la canción más adecuada para un final: Ángel para un final. Fue como ponerle la cereza al pastel (cliché), y creo que no había mejor canción para poder escuchar al final. En serio que fue hermoso. Creo que de verdad puedo morir en paz luego de haberlo visto tan cerca, tan natural y tan viejo, con una barba de denota sabiduría y heridas por creer en lo que creyó, y por cómo creyó. Ha tenido enemigos, pero éso no hace que sea un hombre que transmite paz en su música, esa música inmortal, que hace que los más atrevidos y algunos eruditos de la lengua española lo cataloguen como uno de los cantautores más importantes de la lengua española. Y no puedo más que decir que estoy de acuerdo. Dos horas y cuarenta y cinco minutos de charla íntima con Silvio me lo confirmaron. Casi siete horas de haber estado parado valieron la pena en todo sentido. Mis amigos y yo creo que podríamos morir en paz.

2:45 AM: Lunes, 29 de octubre de 2018. Di una gran valida de verga para volver, pero volví, sano y salvo. Y aunque no hubiera vuelto y me hubieran asesinado, creo que hubiera muerto en paz por haber visto a Silvio en vivo. Creo que no he sido capaz de dimensionar realmente lo que significa ver en vivo a un artista de la talla de él, y menos de la capacidad de convocatoria que tiene. Luego de 10 años de haber visto el spot publicitario del concierto de Silvio Rodríguez en El Salvador, ahora creo que ya sé qué se siente verlo en vivo y en directo: se siente una enorme paz.

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